Misión Espacial Génesis, o cómo armar el Sol con miles de piezas

Posted on 27/03/2012 por

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Por Fernando Fuentes

http://fernandofuentes01.blogspot.com

Una parte del Sol se estrelló durante septiembre de 2004 en el suelo desértico de la base militar de Dugway, ubicada a 120 kilómetros de Salt Lake City capital del estado norteamericano de Utah. Dicen que el responsable fue un paracaídas que nunca se abrió y propició así una caída libre a más de 300 kilómetros por hora. Lo que antes eran muestras de viento solar destinadas a dilucidar los orígenes de Febo, y por qué no de todo el Sistema Solar, se habían transformado en más de 15.000 fragmentos desperdigados. Un verdadero rompecabezas que los científicos de la Misión Espacial Génesis aún no se resignan a dejar sin armar.

Proyecto Génesis

La sonda Génesis había partido un 8 de agosto de 2001 desde el mítico Cabo Cañaveral situado en Florida, Estados Unidos. Como principales integrantes de su compleja tecnología -que por otra parte motivó una inversión total de alrededor de 264 millones de dólares- relucían cinco colectores de partículas solares con forma de rueda de bicicleta. Formados por 54 ó 55 obleas hexagonales. Constituidas a partir de materiales resistentes tales como aluminio, germanio, zafiro y oro entre otros. En cada una de esas cerca de 250 planchas y desde los laboratorios del estadounidense Instituto de Tecnología de California, Donald Burnett, principal investigador del Proyecto Génesis, cargó varias preguntas sin respuestas y no pocas jornadas de trabajo.

El origen del Sol

Las cosas no habían salido nada mal antes de ese fatídico día de septiembre de 2004. Burnett y los suyos habían logrado reposar en hombros de gigantes. Más precisamente en algunas teorías de investigadores que aseguraron que el Sol y el Sistema Solar se habrían originado a partir de una nube polvo y gas, cerca de 4.600 millones de años atrás. Desde el centro de esa materia amorfa, gracias a la acción de la gravedad y una rotación constante que generó fenómenos de condensación, comenzó a moldearse el Sol.

Los átomos colisionaron, se transformaron, liberaron energía en forma de calor y dieron origen a una nueva estrella densa y caliente que representa más del 99% de la masa total del Sistema Solar. El porcentaje restante no es más que un reparto entre los planetas que la rodean, incluida la Tierra. Todos pequeños gránulos de polvo marginales, que a fuerza de colisiones repetidas y fenómenos de captura gravitatoria, muy lentamente y durante miles de millones de años aumentaron de tamaño y finalmente lograron ganarse un lugar alrededor del Sol.

¿Qué elementos químicos habrán constituido esa nube primigenia? ¿Será posible que a pesar de todo el tiempo transcurrido exista alguna manera de dar con ella?, se preguntaba un curioso Burnett. Luego se acordó de los vientos solares.

Con viento solar a favor

Los vientos solares constituyen verdaderos registros fósiles de dicha nube. Representan un flujo de partículas que desde las regiones externas del Sol viajan a una velocidad promedio de 450 kilómetros por segundo. Le generan al astro nada menos que la pérdida de 800 kilogramos de materia por segundo.

Según los científicos, a diferencia del que es factible de encontrar en el centro del Sol, este material no ha tenido demasiadas variaciones en sus características desde que nació el Sistema Solar. Durante largo tiempo en las regiones centrales del Sol se instaló una especie de campo de batalla, en el cual reiteradas reacciones químicas transformadoras lograron borronear sus primeros pasos. La calma relativa de la periferia permitió preservar en mayor medida su composición original.

Es por ello que para estudiar al Sol, y su partida de nacimiento, los científicos afirman en la actualidad no contar con la necesidad de naves suicidas. Bastaría con una que solo se atreviera a traspasar el campo magnético de la Tierra, considerado como un eficiente escudo protector frente a los efectos de los vientos solares.

La sonda Génesis recoge átomos solares en el espacio

Génesis no tuvo demasiadas dificultades para cumplir esa tarea. A una distancia extremadamente lejana del Sol expuso sus colectores atentos y llenos de preguntas durante un lapso de 27 meses. La recompensa no fue menor, con una vuelta a casa con 0,4 miligramos de viento solar en el cofre del tesoro. Puede parecer poco, pero equivalía a la friolera suma de billones de átomos listos para ser analizados. Pocos habían logrado traer desde el espacio un material para ser estudiado cómodamente en los laboratorios de la Tierra. Para dar con algo similar en la NASA, había que remontarse cerca de treinta años atrás y recordar el trabajo de las misiones Apolo sobre la Luna.

Los científicos habían depositado grandes expectativas en el proyecto. Buscaban conocer con exactitud la composición atómica del viento solar, especialmente qué tipos de isótopos lo conforman. Ellos denominan isótopos a los átomos de un mismo elemento, pero que debido a un número distinto de neutrones en su núcleo presentan diferente masa y propiedades. Con la licencia del filósofo griego Demócrito, parece que antes de Génesis, al menos en lo que respecta a partículas solares, existían pocos átomos, demasiado vacío y mucha opinión. Lástima que ahora lamentablemente la cápsula portadora de ciencia yacía semienterrada sobre el desierto.

Fragmentos con isótopos

En medio del caos, Burnett a manera de mantra repetía que un átomo no se destruía por la caída, en el peor de los casos solo podía contaminarse. Mientras tanto el New York Times y otros periódicos se hacían eco de la noticia. Desde 2004, los científicos no hicieron otra cosa que trabajar a destajo con el objetivo de limpiar y reacondicionar los fragmentos remanentes de obleas con átomos incrustados.

Hace ya un tiempo, en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), comunicaron un hallazgo surgido del análisis de las muestras. El viento solar, en comparación con los planetas que lo rodean, presenta marcadas diferencias en la composición isotópica, más precisamente en algunos elementos químicos tales como el oxígeno y el nitrógeno. Es solo una pieza más de un rompecabezas que los científicos no están dispuestos a dejar sin completar.

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